lunes, 21 de noviembre de 2011

Cupido se robó mis alas

Era un paraíso, era un espejo grandísimo llamado lago, donde los cisnes enamorados nadaban sobre el, los susurros y los cantos de aquellos cisnes, eran la melodía más hermosa del mundo; existía ahí un cisne muy peculiar de poco plumaje y poco corazón, así se encontraba porque cada vez que le partían el corazón, él se arrancaba una pluma con su pico; hasta que un día vio llegar una cisne preciosa, su pico era tan naranja, sus ojos tan negros y como parte de su cara, su cuello era la mitad de su corazón, ella determinó aquel cisne de pocas plumas con ojos de pesar, y siguió nadando mientras la manada le hacía calle de honor.
Ese día el resplandor de su amor, decidió ser el cisne más caballeroso y no el más hermoso, su amor por ella lo hizo volar por encima de todos que lo llevó hasta la cima de una cascada, ahí se quedó esperando hasta bajar que hacer por ella; esperó tanto que su plumaje creció frondosamente, pero él no se dio cuenta de eso, sólo pensaba en enamorar aquella cisne que con sólo pasar por el frente de él lo dejó encantado.
Cupido estaba al tanto de todo, sentado en un árbol con los pies maltratados de caminar por el mundo matando amores y haciendo feliz a otros, decidió matar el corazón de aquel cisne que estaba arriba esperando y enamoró a la cisne con otro cisne.
Aquel cisne bajó volando hasta donde estaban todos y vio aquella cisne haciendo la silueta de un corazón con otro cisne, enamorada por culpa de Cupido, quien había flechado aquellos dos cisnes.
Aquel cisne decidió no volver a sufrir por amor, cortó sus alas en forma bizarra, y las tiró como basura al jardín; Cupido las recogió y se las colocó; desde ese entonces Cupido vuela por el mundo, flechando corazones gracias aquel cisne, que lo hizo por amor a esa cisne, por amor profundo tratando que Cupido se fuera de ahí, evitando romper el corazón de otro cisne. 

martes, 1 de noviembre de 2011

El castigo

Las noches, cada vez son más oscuras, el frío de la muerte se sentía en cada rincón de mi cuarto como si el que se disfrazara de la muerte me soplara para sentir miedo,  pero no era la muerte normal, era la muerte de sentimientos, ya ella no sentía nada y yo sentía morirme, mi cama cada vez era más fría y la parte de la cama dónde ella se acostaba, estaba totalmente lisa, así como recién ella se hubiese parado de la cama y la hubiese tendido para no dejar rastro de su amor, ella se llevó todo y no dejó rastro de su presencia en mi cuarto, lo único que quedaba era la imagen de ella en mi inconsciente, que lo único que hacía era recordármela como si fuera un castigo, un castigo que no tenía que pagar, mis piernas ya no cumplían su función, ahora soy un invalido y no puedo correr al cementerio, coger una pala y levantar toda la tierra que hay encima de ella para besarla por última vez.